Yerbabuena

El alma humana es un anhelo de retorno.

Josep Maria Esquirol

Estoy sentada delante de la mesa del jardín, su nueva apariencia fija mi observación en un detalle  cada vez que me siento a contemplar la mañana o la tarde en sus diferentes luces, a escuchar a los pájaros  en sus idas y venidas. Mirarlo me trae recuerdos aparentemente olvidados, el blanco de la enagua y la entrada de la primavera me animaron a sacarlo del altillo del armario en el que llevaba guardado muchos años. Extendido en la mesa parece un cuadro expuesto a un solo espectador. Las casas son así, pequeños museos cerrados al público y abiertos a la memoria.

Al verlo de nuevo, pensé que aquel pañito de croché era un regalo de una amiga de mi madre. Pero a medida que pasan las semanas, veo mis manos niñas entretejiendo los puntos inexpertos que dejan visibles  imperfectas uniones. Todavía recuerdo la dificultad de aquel remate final de mis primeros ensayos. En las figuras geométricas que componen el diseño aparecen antiguas lanas que tejieron prendas para todos; el chalequito sin mangas a la cintura de los años 70 que combinaba con un jersey de cuello alto y un pantalón de campana, aquella chaqueta abotonada gris de mi padre y la bufanda de mi hermano, la toca verde de mi madre. Hay otras muestras que como un desfile marcan cada invierno de entonces.

Entre las labores distingo tres modelos diferentes; uno con punto suelto  de mi madre, otro con punto novel que corresponde a mis muestras, y un tercero más apretado que combina lana de dos colores de la amiga Antonia, la de El Torno; una pedanía agrícola de Jerez donde vivimos una temporada mientras mi padre realizaba labores de su oficio como  maestro albañil.

Aquella estancia nos regaló la bondad de un mundo rural ajeno, eterna amistad de un tiempo inocente y curioso que invitaba a caminar con las vacas en la calle, a distinguir el maíz del panizo, a tocar el algodón y a comer huevos fritos con patatas en casa de la nuera de Brígida, la casera.

Las casas eran museos vivos en los que visitar con otras niñas nidos de golondrinas, gallinas, cerdos, cabras y conejos; el perdigón en la jaula y el árbol de la hierba luisa, cuyo aroma al fondo invitaba a cruzar la entrada repleta de flores y plantas. A la derecha, la cocina desprendía olores agridulces de leche recién ordeñada y sus derivados.

También había un río detrás de los cercados, aquel río donde bajábamos algunos días de verano mientras sonaba en la radio “Un rayo de sol”.

Sentada delante de la mesa, miro la hierbabuena en un vaso con agua sobre un paño de croché. Rezuma la fragancia de la que plantaba Antonia en un cubo roto o una lata vieja 50 años atrás.

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