Una vez se despega la parte lateral ya no contiene nada.
Más allá del comienzo la obra acabada pretende ser un árbol.
Así, todo el proceso se encamina a convertir el pequeño objeto inútil en la figuración deseada.
A medida que observas la caja vacía hay esperanza de que algo ocurra. Tal vez un milagro.
Las diversas capas de cartón van saliendo para poder ser dibujadas. Ahora no es contenedor sino origen, germen que guarda la textura de un tiempo útil.
El tacto como sensación primera, luego la visión del color, las variedades del blanco.
Una vez despegada va anunciando qué árboles podría albergar; el ficus de la Plaza de Mina próximo al Callejón del Tinte, los cipreses de la fuente, el cedro de la Plaza de España que saluda a la dama del caballo, o el árbol de Judas que ya florece.
El proceso es lento, requiere la paciencia de reunir el material que caja a caja va tejiendo la flora de la ciudad con tinta china sobre el cartoncillo, de manera que se va transformando entre dobleces.
En una de las caras de la caja de gaseosa El tigre, pequeñita, una frase sentencia el fin.
”La pereza es la madre de la pobreza».
O el absurdo de pelar una vieja caja de cartón para dibujar los árboles de Cádiz.




























































































