PEQUEÑO JAZMÍN

Escribo estas palabras cada día desde hace varias semanas, “Pequeño jazmín”.

Este periodo ocioso cede su tiempo al abandono de todo plan previo, y asido a él, mi diario dibujado se detiene en la floresta de lo cotidiano. Utilizo un viejo cuadernito de ensayos con tinta china. Y me detengo en el jazmín que perfuma el único espacio verde de la vivienda.

Un balcón que se quiere puede ser un pequeño jardín urbano, una impostura en una sociedad de asfalto que podría pensar que verde es política o la moda de llamar ecológico a lo que es natural.

Verde eran el patio de aquella casa que aprendí a cuidar siendo niña, las ventanas cargadas de geranios, y el interior de aspidistra, de cinta y de helecho que mi madre plantaba y regaba.

Contemplo ahora este pequeño jazmín que cuido para mi hijo mientras me sorprenden diminutos insectos que parecen abejas, y que llegan hasta lo alto para libar las flores de la hierbabuena.

Emocionada comparto aquello que vivió en su crianza y que nace como brote nuevo para rodearse de frondosidad. Aquellas cintas que recibí de su abuela y que permanecen eternas y el olor a jazmín de la memoria.

Epílogo

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Recuerdos de agosto, calas

Las telarañas de mi memoria cubren mis recuerdos más antiguos.

No sé quién soy.

Desvelos de agosto, Salvador Pérez Salas

Llegaron al jardín desde mi pueblo hace más de 20 años, a duras penas pude arrancar unos bulbos del arriate de la calle, la tierra estaba dura. Milagrosamente crecieron y posiblemente se multiplicarán hasta el fin de mis días. Un jardín es eterno.

Sus hijas han sido objeto de múltiples cambios de ubicación y zona, hasta que finalmente aprendí su lugar. Ahora sus hojas secas son fruto de mis investigaciones pictóricas cada semana, hace tiempo que las colecciono y guardo en libros, revistas; a veces ellas mismas se convierten en lectura, otras se imprimen en papeles viejos.

Hace poco conocí que la técnica de impresión que utilizo de manera natural en mi afán de explorar, la llamaron los pescadores japoneses gyotaku allá por el 1800, ellos imprimían peces, «gyo» significa pez y «taku» frotar.

Ocurre muchas veces que nos vemos reconocidos en otros aunque hayamos caminado separados. Como individuos no somos sino el reflejo de lo que ya alguien fue.